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LAS PROFECIAS DE LORBER

Por Kurt Eggenstein

Hoy en día, muchas personas comprenden que los cambios de la más diversa índole que vienen produciéndose en nuestro planeta en los últimos años, no se pueden considerar como hechos pasajeros.

En todo el mundo se pierden los puestos de trabajo considerados estables hasta hace poco, y el paro obrero alcanza cifras de millones. Todos los esfuerzos para combatir el desempleo han sido en vano. En muchos países el valor del dinero se derrite como la nieve bajo el sol. Comienzan a escasear las materias primas y la energía. Los países en vía de desarrollo ya no son simples demandantes, sino que exigen la ayuda. Además de las tensiones este-oeste, se originó un nuevo frente de tensiones en el diálogo norte-sur.

La ciencia y la técnica parecen haber perdido el control sobre el mundo artificial construido por ellas. Un verdadero diluvio de materias tóxicas inunda la tierra y, diariamente, nuevos accidentes producen intranquilidad entre los hombres. El entusiasmo por el progreso irrefrenable, ha dejado lugar a un cambio de opinión.

Ahora se extienden la preocupación y el miedo ante el futuro. La red de la seguridad social ha de pasar por duras pruebas y demuestra sus primeros fallos.

Aunque el nivel de vida ha ido aumentando rápidamente, hoy predominan la desazón, el odio y la envidia. Por todos lados se propaga el materialismo espiritual y moral. Abundan los actos crueles.

En una década la Iglesia sufrió un cambio nunca imaginable. Al mismo tiempo, el materialismo se extiende más y más, como en ninguna época anterior en la historia de la humanidad. La gente juiciosa se pregunta si los aumentos de las catástrofes naturales, como los terremotos, las mareas, las grandes sequías, los huracanes y los cambios climatológicos no serian un aviso de una evolución poco halagüeña.

En esta situación de transformación paulatina en el ámbito económico, social y religioso, el hombre de la era industrial recibe un mensaje profético del siglo xix que llama la atención. Este mensaje sobrenatural, cuya autenticidad ha sido comprobada, tiene diversos aspectos. No deja lugar a dudas, de que la humanidad ha llegado a un punto de cambio rápido, y de que graves catástrofes ocurrirán en la Tierra. Las Revelaciones van unidas a una seria amonestación dirigida al hombre actual, para que se aparte del camino del materialismo teórico y práctico. De nuevo los pueblos reciben la auténtica doctrina de Jesús, en su modo más puro, como había sido trasmitida a los apóstoles.

Al hombre de la era industrial el mensaje de Jesús le resulta extraña. Esto se debe a varias razones, sobre las que volveremos más tarde. Muchas personas han perdido por completo la relación con lo trascendental, otras -que aún tienen alguna substancialidad religiosa- no saben en qué basar su fe. Se ha debilitado mucho la confianza en la enseñanza de la Iglesia. Durante mucho tiempo predominó el terror espiritual, largamente se negoció con el miedo. Los teólogos protestantes exponen a veces criterios que rayan el ateísmo, provocando incertidumbre entre sus feligreses. Las formas de piedad religiosa de la Iglesia Católica ya no atraen a la juventud. Por todas partes se registra una salida silenciosa de la Iglesia.

El aspecto que ofrece el mundo occidental cristiano es sombrío. Karl Rahner, S. J., puntualiza esta situación, diciendo: "Vivimos en un país pagano con un pasado cristiano y con algunos vestigios cristianos" A pesar de todo, son muchos los que todavía poseen un espíritu religioso, aunque se muestren indecisos, preguntando como Pilato: "¿Qué es la verdad?".

En lo más profundo de algunas almas existe verdadera hambre por conocer la verdad. Este libro va dirigido a estas personas. A ellas queremos llevar un mensaje extraordinario. Desde luego, se diferencia de la literatura corriente de temas religiosos, y sobre todo, de los numerosos escritos de crítica bíblica publicados por los teólogos liberales. Es un mensaje "sui generis".

Podemos recordar aquí la palabra del conocido teólogo católico Hans Küng: "Existen a menudo sorprendentes carismas, llamamientos para dar testimonio profético de extraordinario carácter...".

Estas palabras se ajustan a un hecho extraordinario ocurrido en el siglo pasado, pero que no se comprende en su significado completo hasta hoy. En nuestros días muchas personas se preguntan: "¿Por qué calla Dios?". Cuando ven cómo las mentes se perturban con la decadencia de lo tradicional y las innumerables ideas e ideologías ¡Pero Dios no calla! En todas las épocas Dios envió mensajes y amonestaciones a la humanidad. Pocas veces éstas han sido aceptadas por los hombres, ni siquiera cuando Jesús, la Encarnación de Dios comunicó la Buena Nueva El clero siempre se opuso a tales mensajes.

En los años 1840 al 1864 nos llegó una profecía especial. En clarividencias vividas se recibieron explicaciones y aclaraciones sobre el Evangelio, además la visión de catástrofes a sobrevenir a toda la humanidad aún antes de terminar este siglo. Fue en aquel entonces, cuando JACOB LORBER escuchó en Graz (Austria) la "palabra interior" y escribió la obra de tamaño monumental, cuyo contenido no pudo ser comprendido en su totalidad hasta nuestros días.

Desde luego, estas comunicaciones han sido muy divulgadas, vendiéndose casi un millón de escritos de Jakob Lorber. Pero no hay lugar a dudas que la cosecha de esta profecía no se recogerá hasta el fin del tiempo. A Jakob Lorber se le dictó lo siguiente:

 

"Dios no dejará de manifestarse a los hombres de distintas maneras para que el hombre pueda darse cuenta que esto no ocurre de manera natural". (Gr VI 149, 15).

"En mayor grado, Dios se manifiesta por boca de los profetas. Para las personas abiertas, estos profetas se conocen por: primero, sus palabras dichas y escritas, en segundo lugar, por sus dones de hacer milagros, por ejemplo ellos pueden-en caso necesario-comunicar presagios a los hombres, para que éstos cambien su actitud y rueguen a Dios para que no se cumpla el mal anunciado..." (Gr VI 150, 1).

"Pero que un profeta justo anuncie al mundo un juicio tras otro, esto se explica en que Dios sólo llama a un profeta cuando el mundo se olvida de Dios y se ha volcado plenamente en el fango." (Gr I1 108, 8).

Según esta profecía, Jesús dijo a sus discípulos: "Podéis tener por seguro, que casi cada dos mil años ocurrirán grandes cambios en la tierra. Y así será también, contando desde ahora". (Gr VI 76, 10). "Hacia el final del tiempo anunciado, Yo llamaré a los profetas más grandes y con ellos también los juicios serán más frecuentes y más extendidos." (Gr V1 150, 15).

Pero según toda experiencia se cumplirá la palabra de Goethe: "¡Cuán pocos se entusiasman con lo que sólo aparece ante el espíritu!". Lo que queda fuera del mundo tangible, es rechazado. En nuestro tiempo de cálculo racional se ve con sospecha todo intento de una interpretación de lo sobrenatural.

El veneno del materialismo ya se ha filtrado en el Cristianismo. Queda sin contestar la pregunta, hasta dónde existen puntos de conexión para reconocer una profecía de Dios como tal. Hace falta cierta capacidad religiosa para la aceptación y la comprensión espiritual de la Buena Nueva.

Nadie debe juzgar precipitadamente las comunicaciones del profeta Jakob Lorber, sin haber leído sus exposiciones proféticas, sobre hechos verdaderos de la astronomía, la física nuclear y la antropología en el capítulo: "Pruebas de la autenticidad de la profecía de Jakob Lorber". Hasta los más escépticos se volverán pensativos al considerar las profecías comunicadas hace más de cien años y hoy demostradas reales, científicamente.