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LA ATLÁNTIDA Extraido del libro "Los misterios mayas"
Tenían los atlantes máquinas tan poderosas y maravillosas, como aquella que telepáticamente podía transmitir a la mente de cualquier ser humano preciosa información intelectual. Las lámparas atómicas iluminaban los palacios y templos de paredes transparentes. Las naves marítimas y aéreas fueron impulsadas por energía nuclear.
Los atlantes aprendieron a
desgravitar los cuerpos a voluntad. Con un pequeño aparato que cabía en
la palma de la mano, podían levantar cualquier cuerpo por pesado que
éste fuera. Las ciudades atlantes fueron florecientes mientras sus habitantes permanecieron fieles a la religión de sus padres, mientras cumplieron con los preceptos del dios Neptuno, mientras no violaron la ley y el orden. Pero cuando las cosas sagradas fueron profanadas, cuando abusaron del sexo, cuando se mancharon con los siete pecados capitales, fueron castigados y sumergidos en el fondo del océano. Los sacerdotes de Sais dijeron a Solón: "Todos cuantos cuerpos celestes se mueven en sus órbitas sufren perturbaciones que determinan en el tiempo una destrucción periódica de las cosas terrestres por un gran fuego".
El continente atlante se
extendía y orientaba hacia el austro y los sitios más elevados hacia el
septentrión, sus montes excedían en grandeza, elevación y número a todos
los que actualmente existen. Todas las enseñanzas religiosas de la América primitiva, todos los sagrados cultos de los incas, mayas, aztecas, etc., los dioses y diosas de los antiguos griegos, fenicios, escandinavos, indostanes, etc., son de origen atlante. Los dioses y diosas citados por Homero en la Iliada y la Odisea, fueron héroes reinas y reyes de la Atlántida. La Atlántida unía geográficamente a la América con el viejo mundo. Las antiguas civilizaciones indoamericanas tienen su origen en la Atlántida. Las religiones egipcia, inca, maya, etc., fueron las primitivas religiones atlantes. El alfabeto fenicio, padre de todos los alfabetos europeos, tiene su raíz en un antiguo alfabeto, que fue correctamente transmitido a los mayas por los atlantes. Todos los símbolos egipcios y mayas provienen de la misma fuente y así se explica la semejanza, demasiado grande para ser casualidad. Los atlantes tenían un metal más precioso que el oro, se llamaba "orichalcum". La catástrofe que acabó con la Atlántida fue pavorosa. No cabe duda alguna que el resultado de violar la ley es siempre catastrófico. La época de sumersión de la Atlántida fue realmente una era de cambios geológicos. Emergieron del seno profundo de los mares otras tierras firmes que formaron nuevas islas y nuevos continentes.
Algunos sobrevivientes de
la catástrofe atlante se refugiaron en el pequeño continente llamado
Grabonzi, hoy África, el cual aumentó de tamaño y extensión debido a que
otras áreas de tierra firme, que emergieron de entre las aguas vecinas,
se sumaron al mismo. Por aquella época había un gran río que fertilizaba toda la rica tierra de Tikliamis y que desembocaba en el mar Caspio. Ese río se llamaba entonces Oksoseria y todavía existe, pero ya no desemboca en el Mar Caspio debido a un temblor secundario que lo desvió hacía la derecha. El rico caudal de agua de ese río se precipitó violentamente por la zona más deprimida del continente asiático, dando origen al pequeño Mar de Aral Pero el antiquísimo lecho de ese viejo río, llamado ahora Amudarya, todavía puede verse como sagrado testimonio del curso de los siglos. Después de la tercera gran catástrofe, que acabó con la Atlántida, el antiguo país de Tikliamis con su formidable capital, situada a orillas del mencionado río, fue cubierto con todos sus pueblos y aldeas por arena y ahora es sólo un desierto. Por aquella época, desconocida para un César Cantú y su Historia Universal, existía en Asia otro bello país, conocido con el nombre de Marapleicie. Este país comerciaba con Tikliamis y hasta existía entre ellos mucha competencia comercial. Más tarde este país de Marapleicie vino a tomar el nombre de Goblandia, debido a la gran ciudad de Gob. Goblandia y su poderosa ciudad de Gob fueron tragadas por las arenas del desierto. Entre las arenas del desierto de Gob se hallan ocultos riquísimos tesoros atlantes, poderosas máquinas desconocidas para esta raza aria. De cuando en cuando las arenas dejan al descubierto todos esos tesoros, pero nadie se atreve a tocarlos, porque el que lo intenta es muerto instantáneamente por los gnomos que los cuidan. Sólo los hombres de la gran sexta raza Koradi, que en un futuro habitarán este planeta, podrán conocer esos tesoros y eso a cambio de una conducta recta.
Muchos comerciantes de
perlas se salvaron de la catástrofe atlante, refugiándose en Perlandia,
país conocido como la India.
Los estudiantes recuerdan a
aquella bella mujer llamada Katebet, la de los tristes recuerdos, reina
de los países del sur del sumergido continente y a la poderosa ciudad de
las puertas de oro. La medicina sacerdotal atlante descubrió por aquella época lo que hoy podemos llamar científicamente "opoterapia humana", es decir, la aplicación a los enfermos y caducos de los jugos glandulares de pituitina, tiroidina, adrenalina, etc., etc. Los médicos sacerdotes no sólo utilizaban la química de dichas glándulas endocrinas, sino también la hiperquímica de tales glándulas, los fluidos psíquicos vitales de los chacras o centros magnéticos del cuerpo humano, íntimamente relacionados con tales centros endocrinos. Las víctimas de la inmolación, después de ser retiradas de las piedras de sacrificio, eran llevadas a ciertas cámaras secretas, donde los sacerdotes médicos extraían de los cadáveres las preciosas glándulas endocrinas, tan necesarias para conservar el cuerpo de la reina fatal, con todo su encanto y la belleza de una juventud que soportó el peso de los siglos, muchos siglos.
Lo más espantoso de aquello
era que los sacerdotes, después de extraer las glándulas de los
cadáveres, arrojaban éstos a las fanáticas muchedumbres envilecidas que
sedientas se los devoraban. Así esos pueblos se volvieron antropófagos.
Toda la barbarie atlante
resulta insignificante comparada con las cámaras de gas, donde millones
de personas, mujeres, niños y ancianos, despojados de sus vestiduras,
murieron en la más infinita desesperación. Nos horrorizamos de la
bestialidad atlante, pero mil veces más horrorosos fueron los bombardeos
de Londres, los campos de concentración, la horca, las ciudades
destruidas por las criminales bombas, enfermedades, hambre y
desesperación. Que se sepa de una vez y para siempre que de todo esto que la humanidad tanto estima y admira no quedará piedra sobre piedra. Autor: Samael Aun Weor
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